He perdido la cuenta de las veces que me pasó por la cabeza la idea del suicidio. Pero tranquilidad, eso es algo que ya no me ocurre. Pensaba que era la única forma de acabar con el sufrimiento o el motivo de angustia que me atenazara en ese momento pero, dentro de mi, sabía que quería vivir porque tenía la esperanza de ver el sol de nuevo. y, ¿Porqué no? Tenía el sentimiento egoísta de que me perdería lo bueno que estaba por llegar. También se me puede calificar de egoísta empedernida cuando pensaba en el suicidio sin extenderme hacia las consecuencias que esta acción provocarían. Mi familia, mi perra,...Pero, siendo realista y sincera conmigo mismo, estoy totalmente segura de que todos estos "simulacros" no fueron más que eso, jamás tuve verdadera intención o deseo de morir.
La primera vez, ocurrió cuando apenas tenía once años. ¿Qué problemas se pueden tener a los doce años? yo era una niña tímida, rebolonda, metida en mi mundo de fantasía que jugaba alternando todavía muñecas con animalitos. No tenía el más mínimo atisbo de picardía y no me sentía nada valorada fuera de mi casa, donde me sobreprotegían con celo. En época de de cole, tenía mas contacto con las niñas de mi edad, pero llegaba el verano y salían todas en desbanda a dorarle la píldora a sus coleguitas guays de los Madriles. Yo no las necesitaba, estaba bien así pero mi madre se preocupaba. El destino quiso que ese verano llegara la nieta de unos amigos de mis padres por primera vez a pasar las vacaciones. No conocía a nadie, así que, por supuesto, mi madre me obligó a sacarla. al principio todo iba bien, pero de repente, resultó que conocía a otra chica de las que veraneaban aquí y, de la noche a la mañana, me vi inmersa en un grupito de modernillos megaguays importados de la capital donde ni mi estilo de vida, de pensar o de vestir encajaba. Se pasaban las noche entre pipas y morreos y a mi me arrinconaban y me hacían objeto de todas sus burlas. La chica esta, legó a decirme que me vestía ridícula, asi que mi madre me compró ropa, pero no había nada que hacer. Yo no era más que un juguete roto para ellos. Un día, una de las chicas se compadeció de mi y hablamos un rato en el cual la confesé que me daban ganas de suicidarme. ella, creyendo que hacía bien, supongo, se lo contó al resto y, la noche siguiente, el primer saludo que recibí fue un empujón y un "Suicidiate" susurrado al oído, así mal dicho y todo. Esa noche me comí una caja entera de paracetamol (qué ridícula) que no tardé ni diez minutos en vomitar hasta que casi me doy del revés, como un calcetín. Curiosamente, hace unos años estuve en la boda del chico que me dijo eso.
La segunda intentona medio seria ocurrió cuando tenía quince años. En aquella época ya hacía tiempo que la niñita buena, campestre había sido muerta y enterrada, como Hanna Montana. Bebía todos los fines de semana (incluso estuve en un coma etílico unos meses antes), me abroncaba con todo el mundo y trataba de hacer el mal aunque solo me salía pasotismo barato. En el instituto no me iba mal, para lo poco que estudiaba, y tenía buenos colegas toalmente "delmon", de lo mas alto de la Campana de Gauss, exactamente como yo. Pues bien, el caso es que estaba completamente enamorada de un chico, un año mayor que yo, que venía a clase conmigo. Nos llevábamos genial, estábamos bromeando todo el rato, pero él jamás me vió más allá. Yo seguía siendo lo que soy, una chica no demasiado fea pero con sobrepeso y un cuerpo poco proporcionado, no vestía a la última y nada me hacía ser deseable. La verdad sea dicha. en los cuatro años que fuimos juntos al instituto nunca le conocí novia, pero tonteaba con otras de una forma que no lo hacía conmigo y yo sufría. Un día, durante el recreo me dejé el estuche en el pupitre, con tan mala fortuna, que igual que todas las niñas idiotas de esa edad, tenía mi nombre escrito con el suyo separados por un corazón en un compartimento "secreto". Alguien, nunca lo averigüé, me dejó una nota diciendo que sabía que me gustaba el chico y que había descifrado un abecedario en clave que yo usaba para escribir poemas ... ahora lo veo tan ridículo. pero aquel día llegué a casa, con una taquicardia, cogí el cuchillo con que mi madre acababa de picar unos pimientos y me escondí en mi habitación a hacerme cortes en las muñecas. Dolía y salía sangre, al principio poca, pero luego me asusté, me curé y me fui a comer. a día siguiente una chica me pilló los vendajes y yo me sacudí diciendo que me había arañado el gato. Que situación tan ridícula, por el amor de un dos. No tenía ningún motivo para matarme, el chico no cambió su trato conmigo para nada y nadie me hizo jamás alusión al tema. Cada vez que lo recuerdo, se me cae la cara de vergüenza. Ese chico ahora lleva diez años felizmente casado, tiene una hija preciosa y, no hace mucho, nos volvimos a encontrar, recordamos viejos tiempos y nos reímos mucho. Me alegro mucho de que sea feliz.
La última, me llevó derechita a la planta de Salud Mental del hospital de la ciudad donde vivía. Tenía pareja, convivíamos pero me tenía anulada como persona. Tenía trabajo, un contrato basura a jornada completa donde había casi una mitad mas y era sometida a cierto tipo de mobbing por mi jefe. Mis amistades, en otro tiempo sólidas y fiables, estaban desparramadas, todos con sus respectivas parejas y nos veíamos poco. Y, lo peor, me puse a trabajar para poder pagarme los estudios y no solo no ganaba suficiente, sino que apenas estudiaba y me presionaban desde todos los lados posibles. Llegó el mes de mayo y todo empezó a derrumbarse, iba a clases particulares, trabajaba hasta diez horas, en casa tenía que hacer yo todo a pesar de que el solo trabajaba media jornada por la tarde, estaba haciendo una dieta. en manos de la Unidad de Trastorno alimentario, donde me comprendían bastante bien, pero era presionada por otros lados, especialmente por mi pareja, quien acostumbraba a comerse un paquete de donuts delante de mi. Empezaron los ataques de ansiedad, al principio los confundía con asma, fuera de temporada. Me llegué a tomar un bote entero de Ventolín, que aumentó la taquicardia. Un día, después de una discusión matutina, me pegó de lleno camino del trabajo, me caí al suelo, me asfixiaba, mi perra me lamía y empezó a ladrar, acudió gente, llamaron a una amiga mía y a una ambulancia y, en el hospital, me dijeron que simplemente era un ataque de ansiedad. No llegó a entrar Junio cuando los ataques empezaron a ser cada vez más frecuente hasta convertirse en un estado de llanto permanente e inconsolable. Me dieron la baja laboral, mi pareja pasaba el menor tiempo posible en casa, incluso se llevaba mi perra. Lo mismo me decía que nos casáramos en secreto como que todo era mi culpa y que solo intentaba llamar la atención. Una noche no pude más, y me encerré en el cuarto de baño, cogí una maquinilla de afeitar, a desarmé y me dispuse a hacerme cortes longitudinales a lo largo del antebrazo, pero tenía los dedos destrozados y la cuchilla era tan pequeña que solo me dio tiempo a hacerme uno aceptable cuando mi pareja empezó a llamar insistentemente a la puerta porque se estaba cagando. Algo me hizo "pic" en la cabeza y me dije que podía aguantar un poco más. Él no se dió cuenta hasta dos días después, cuando me agarró el brazo y enfadado, sacó un sillón al patio y se pasó allí toda la noche y no me dirigió la palabra en dos días. Esa mañana me tocaba psicóloga, seguía llorando, me vio los cortes y decidió internarme. Solo estuve los ocho días más difusos e irreales de mi vida.
De eso han pasado cuatro años. Por supuesto que esa relación ha terminado y la pequeña cicatriz que me quedo cerca de la muñeca la he cubierto con un tatuaje. Me curé, me curé a mi misma con mis ganas de curarme cuando las encontré. Pero todo lo que ha pasado en ese tiempo lo dejaré para otro día. Todavía escuece.
¿Que he aprendido de todo esto? Que para impulsarte a la superficie, tienes que tocar fondo. Las veces que haga falta. Y que no hay nada como una bocanada de aire fresco para darle sentido a tu vida presente y a la que queda por llegar.